One in ten
For every ten competitions entered, only one is won
For every ten competitions entered, only one is won
English
Competitions are a cornerstone of architectural practice. They offer the thrill of possibility: a blank site, a fresh program, the chance to test ideas at a scale you rarely encounter day to day. But any architect who has participated in more than a few quickly realizes that the odds are rarely in your favor. For every ten competitions entered, you might win one — and even that one is never guaranteed to be built.
The first few losses can feel personal. You replay your submission endlessly, searching for some flaw that explains why your design wasn’t chosen. Was it the concept? The narrative? The drawings? Did someone else simply tell a more compelling story? Over time, you realize that losing is not an exception; it is the default. Competitions are, more often than not, exercises in endurance and persistence rather than instant success.
What changes is how you approach them. Competitions are not just contests of design skill; they are rigorous training grounds. They teach you how to make decisions quickly, refine ideas under pressure, and articulate a clear position. They expose weaknesses and strengths in your process and your team. Each project that doesn’t win is not wasted; it is rehearsal, experience, and refinement for the next opportunity.
It’s also important to recognize that competitions are not pure meritocracies. Politics, economics, and social relationships inevitably play a role. Sometimes the most technically accomplished or innovative design loses to a project with the right connections, better timing, or more persuasive presentation. Understanding this doesn’t mean cynicism; it simply reflects the reality that architecture operates within a broader cultural and societal framework. Competitions exist at the intersection of design, politics, and economics, and navigating that intersection is part of the practice.
Winning is rarely the result of a single submission. It comes from the accumulation of experience, insight, and iterative refinement. Ideas discarded in previous competitions often resurface stronger, more confident, and better communicated. What begins as trial and error eventually forms a design language and process that is uniquely yours.
Beyond the outcome, competitions cultivate a shared culture within offices. Long nights, tight deadlines, collective brainstorming, and even moments of doubt forge bonds and instill resilience. This shared experience shapes architects as much as the buildings that ultimately rise.
So when asked whether competitions are worth the effort, the answer is nuanced. They are not always efficient. They are not always fair. But they remain one of the few spaces where architecture can be speculative, ambitious, and tested against a public forum. The ratio of loss to win may not change, but the lessons, growth, and professional insight gained in the process are invaluable.
At the end of the day, the work itself , the discipline, creativity, and persistence it fosters, is why architects continue to enter competitions again and again, regardless of the odds.
Español
Es un dicho común en arquitectura: de cada diez concursos presentados, apenas uno resulta ganadorr.
Los concursos son una piedra angular de la práctica arquitectónica. Ofrecen la emoción de la posibilidad: un sitio en blanco, un programa nuevo, la oportunidad de poner a prueba ideas a una escala que rara vez se encuentra en el día a día. Pero cualquier arquitecto que haya participado en más de unos pocos pronto se da cuenta de que las probabilidades rara vez están a su favor. De cada diez concursos en los que se participa, quizá se gane uno —y aun ese no siempre está garantizado que se construya.
Las primeras derrotas pueden sentirse personales. Repasas tu propuesta una y otra vez, buscando algún error que explique por qué tu diseño no fue elegido. ¿Fue el concepto? ¿La narrativa? ¿Los planos? ¿Alguien más simplemente contó una historia más convincente? Con el tiempo, entiendes que perder no es la excepción; es la norma. Los concursos son, la mayoría de las veces, ejercicios de resistencia y perseverancia más que de éxito inmediato.
Lo que cambia es la forma en que los abordas. Los concursos no son solo competencias de habilidad proyectual; son espacios de entrenamiento riguroso. Enseñan a tomar decisiones con rapidez, a afinar ideas bajo presión y a articular una postura clara. Ponen en evidencia las debilidades y fortalezas de tu proceso y de tu equipo. Cada proyecto que no gana no es un esfuerzo perdido; es ensayo, experiencia y refinamiento para la siguiente oportunidad.
También es importante reconocer que los concursos no son meritocracias puras. La política, la economía y las relaciones sociales inevitablemente influyen. A veces, el diseño más técnicamente logrado o innovador pierde frente a un proyecto con las conexiones adecuadas, mejor momento o una presentación más persuasiva. Entender esto no implica cinismo; simplemente refleja la realidad de que la arquitectura opera dentro de un marco cultural y social más amplio. Los concursos existen en la intersección entre diseño, política y economía, y navegar esa intersección es parte de la práctica profesional.
Ganar rara vez es el resultado de una sola propuesta. Surge de la acumulación de experiencia, intuición y refinamiento iterativo. Las ideas descartadas en concursos anteriores suelen reaparecer más sólidas, más seguras y mejor comunicadas. Lo que comienza como prueba y error termina conformando un lenguaje y un proceso de diseño que son únicamente tuyos.
Más allá del resultado, los concursos también cultivan una cultura compartida dentro de los despachos. Noches largas, plazos ajustados, lluvias de ideas colectivas e incluso momentos de duda forjan vínculos y fortalecen la resiliencia. Esta experiencia compartida moldea a los arquitectos tanto como los edificios que finalmente se construyen.
Así, cuando se pregunta si los concursos valen la pena, la respuesta es matizada. No siempre son eficientes. No siempre son justos. Pero siguen siendo uno de los pocos espacios donde la arquitectura puede ser especulativa, ambiciosa y puesta a prueba en un foro público. La proporción entre perder y ganar quizá no cambie, pero las lecciones, el crecimiento y la perspectiva profesional que se adquieren en el proceso son invaluables.
Al final del día, es el trabajo en sí mismo —la disciplina, la creatividad y la perseverancia que fomenta— lo que hace que los arquitectos sigan participando en concursos una y otra vez, sin importar las probabilidades.